Acomodo la silla vieja a un costado de mi cama, tomo la libreta y comienza la hora de abrir la caja... hace frío pero la cobija que llevo al hombro es abrigadora, el silencio despierta, la cera corre a lo largo de la vela dejándose llevar por la gravedad, la vela que encendí hace unos momentos y colocada sobre el buró sabe que es mi compañera, por eso de pronto me habla y me cuenta cosas de mi, de cuando enciende para alumbrar la hoja en la que sueño, de cuando danza con la ráfaga de viento que de la ventana entra, creo que a veces se fatiga por obligarla a permanecer despierta a esas horas, las horas en las que escribo, en las que velo para acomodar mis pensamientos, transcurren los segundos, los minutos, incluso las horas, esas que guardo dentro para recordar que el tiempo es compañero de desvelos. Afuera nadie que sepa de mi, de esas horas, ni del tiempo que pasa cuando tomo la pluma y desvarío, comienzo a percibir el aroma de la cera, del fuego consumiendo mi vela, sé que entonces dice "¿Por qué no vas a dormir y me cuentas mañana de lo que aquí paso?", pasa un momento y le susurro un ligero soplido, le doy las gracias, y cierro los ojos.
Adelina A. Roman
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